La Cubanera (fragmento)

Jürgen Ploog

Como algunas veces por la mañana, tuve primero que acostumbrarme al hecho de que yo existía, lo cual debo a la frecuencia con la que despierto con la sensación de haber pasado por un lavado de cerebro. No podía deberse al alcohol ni a la marihuana, ya que sólo consumía ambas cosas con moderación.

Fui a parar a una cafetería de moda concebida al estilo de un comedor estudiantil. Paredes desnudas, mesas bruñidas, un mostrador de aluminio & por supuesto: autoservicio. Mientras hacía el pedido, me puse a observar a los tipos que merodeaban por el lugar. Una mezcla de estudiantes & intelectuales, según me pareció. Posiblemente hubiera una universidad cerca. Como suele ser habitual en esos círculos, se discutía apasionadamente, sobre todo en español. Mientras me dispuse a disfrutar de mis pastelitos de guayaba y de mi café, intenté averiguar de qué trataba la discusión.

Al parecer hablaban de Cuba. ¿Qué pasaría si levantasen el embargo americano?

Había un hombre algo entrado en años al que, a todas luces, consideraban el experto. Escuchaba tranquilamente las preguntas & respondía luego con retórica rutinaria, alternando hábilmente entre el inglés & el español.

«Cuba jamás volvería a ser la de antes», proclamó. Ni siquiera los argumentos más acalorados lograban sacarlo de su parsimonia.

No me interesaba en absoluto aquella refriega de palabras, & estaba ya a punto de dejar mi sitio cuando vi que el hombre entrado en años había caído al suelo y yacía ahora, cuan largo era, entre los largos bancos de madera.

Primero pensé que habría recibido algún golpe y se había desplomado. 2 o 3 de los involucrados en la discusión estaban ahora inclinados sobre él. El hombre no se movía, & los demás empezaron a darle torpemente respiración boca a boca. Debo añadir que la escena me pareció bastante absurda.

Mientras observaba, incrédulo, lo que ocurría, noté un parpadeo en los ojos del hombre, aunque no estaba seguro si lo dirigía a mí o si se trataba tan solo de un reflejo. De repente se incorporó & empezó a reír a mandíbula batiente. Les había tomado el pelo a sus interlocutores & se divertía a costa de sus cuidados.

Los jóvenes se apartaron & él les explicó que no debían tomarse en serio el incidente, «no sólo a él».

Dijo que era importante mantener la serenidad en cada situación.

Extrañamente confuso, me alejé de allí & salí a la luz cegadora de la calle. Una mujer con medias de nylon me salió al encuentro, cosa que me conmovió de un modo curioso. Las piernas cubiertas me parecieron fuera de lugar, como si me hubiera tropezado con alguien salido de otra época. Cuando pasé delante de un bar, vi allí al mecánico. Tenía un teléfono celular en la mano & oí que decía: «Tengo que hacer todavía una llamada a Buenos Aires». Yo continué & y él me despidió con un gesto de la mano. Me pareció que no consideraba inoportuno que yo estuviera al corriente de sus contactos internacionales. Alrededor suyo había gente que parecía formar parte de un equipo de televisión.

El calor aumentaba & cada ráfaga de aire me parecía un regalo.

Siempre tardaba un par de días en adaptarme al clima subtropical, cuyo efecto se atenuaba temporalmente con un Highball & el entrechocar de los cubitos de hielo.

El escorpión era un símbolo que, a decir verdad, no encajaba demasiado en estas latitudes. El clima era demasiado opresivo en esta época del año & durante la temporada seca no hacía el calor suficiente. Pero es probable que subestimara el hábitat de los escorpiones. Sobre todo en lugares donde menos esperas encontrarlos, uno se tropieza en ocasiones con ejemplares magníficos.

No sé si lo leí o alguien me contó que era posible que un viajero, en la oscuridad de una tienda de campaña o de un cabaña, confundiera las tenazas de un escorpión emperador con los muslos de una mujer. Tal error sólo podía cometerlo una vez.

Yo acostumbraba a dejar encendido el ventilador de techo con tal de evitar un percance como ese.

No obstante, no existe una receta efectiva para evitar el encuentro con una mujer escorpión. Estas últimas eran demasiado hábiles. Alguno se fiaba de un amuleto para protegerse. Otros creían que la aparición de una mujer escorpión se anunciaba en los sueños & pasaban noches inquietas vigilando lo que soñaban & evitando cualquier situación que tuviera lugar en la penumbra. Eso significaba o bien irse muy temprano a la cama o dormir hasta bien entrado el día. Sólo las luz eléctrica los salvaba.

Yo jamás me saciaba de los crepúsculos. Cuanto más se extendían, tanto mejor me sentía yo. La luz del día era para mí todo un reto & con el sol poniente se esfumaba toda presión expectante & yo podía dedicarme en cuerpo y alma a lo casual.

No vi a Poldi en todo el día. Me pregunté si se habría ido de viaje.

En Port-au-Prince no se veía a nadie. Era posible que en los alrededores hubiese una playa en la que los huéspedes pasaran el día.

Eché una ojeada en el jardín, caminé por los pasillos & me pareció extraño que tampoco Mamá apareciera. Nada se movía. De vez en cuando tenía la impresión de que una silueta transparente se cruzaba en mi camino y se difuminaba al instante siguiente como una ráfaga de viento acariciando los abanicos de las palmeras.

El vacío del edificio transmitía una falsa sensación de ingravidez. En lugar de andar, flotaba. En cualquier momento podía perder el contacto con el suelo.

Yo estaba acostumbrado a matar el tiempo cuando me hallaba en lugares a los que no me unía ningún vínculo. Casi siempre sucedía cuando, después de un vuelo muy largo, despertaba en un lugar remoto situado fuera de todas las rutas habituales. En algún sitio al borde de un desierto & aislado de todo progreso.

En un estado como ése no podía evitar pensar en Poldi, imaginarla vagando por los pasillos con los ojos centelleantes & haciendo el papel de mujer. Llevaba unos trapos que ondeaban desahogadamente en torno a su cuerpo & unos zapatos rojos, como dando a entender que su vida también tenía un lado violento e inesperado.

Pasé la larga tarde a la sombra de su cuerpo, que estaba ahí, pero sólo como una vaga proyección. De vez en cuando se escuchaba el sonido de una cortina de abalorios al ser apartada hacia un lado, pero yo nunca era lo suficientemente rápido para distinguir si alguien desaparecía detrás de ella. En una ocasión imaginé haber visto brevemente la melena de una mujer teñida con los colores de un incendio y adornada con una flor exuberante.

Probablemente había caído en una conspiración femenina cuyo objetivo era generar confusión en mí. Fui incluso más allá y pensé en un sacerdote del vudú. A fin de cuentas, el vudú no sólo existe en las islas, su culto se propagó en el continente gracias a la tolerancia de los organismos estatales. En repetidas ocasiones aparecían en ciertos rincones muy transitados de una calle los vestigios de una extravagante ceremonia fetichista.

El mecánico me había hablado, la noche anterior, de una excursión al interior de la península. Quería que yo lo acompañara, pero rechacé la invitación. Me faltaba la sensibilidad para una naturaleza supuestamente virgen. ¿Por qué no la dejaban en su estado de virginidad? Pero era evidente que la excursión había quedado en nada, de lo contrario él no estaría ahora sentado en el bar.

Preferí ocuparme de aquellos extraños incidentes en el hotel & esperar a que anocheciera. Cuando algo me daba miedo, me dedicaba a trazar un mapa en el que fijaba el qué, el cuándo y el dónde de cada suceso. Retomé la pista en el punto en el que entré con el mecánico al garito que estaba próximo al casino. Todavía no tenía claro cuál era el papel del mecánico en todo esto. Es posible que fuera un simple acompañante sin noción de serlo. El siguiente punto de referencia fue el encuentro con Poldi & la copa que tomamos juntos. No había sido demasiado fuerte, aunque en los bares de ese lugar la consigna era: «Menos es más», con lo cual se hacía referencia a la ganancia del barman. A partir de ese punto mi memoria fue haciéndose cada vez más vaga y borrosa, lo cual se debió a la presencia de Poldi.  

Traducción del alemán: José Aníbal Campos (Viena) 

Deutsche Version

Foto: Anna Ploog

Jürgen Ploog (1935 – 2020), Ausbildung zum Gebrauchsgrafiker, Langstreckenpilot, „der beste Cut-up-Autor im deutschsprachigen Raum“ (Carl Weissner). Seine Bücher sind zuletzt bei Peter Engstler und bei Moloko Print erschienen. Foto: Anna Ploog

www.ploog.com

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